28 de agosto de 2022

¿Por qué nos gustan las historias del fin del mundo?

Las narraciones del fin del mundo son muy antigua pues nos fuerzan a enfrentar un momento heroico y nos permiten imaginar un renacer global y jugar con nuestros deseos utópicos.

El apocalipsis, la desaparición de la humanidad, es uno de los grandes temas del cine. Ya sean asteroides, catástrofes climáticas, extraterrestres, conspiraciones industriales... enfrentarnos a la total aniquilación -ya sea planetaria o regional- es algo rutinario para la industria cinematográfica. Para muestra un botón: en los últimos años hemos podido ver que gran cantidad de películas han incorporado, de una u otra forma, el apocalipsis como referencia: La quinta ola, Batman vs Superman: el amanecer de la justicia, La Liga de la Justicia, Independence Day: contrataque, Dioses de Egipto, X-Men: Apocalipsis, Moonfall...

Pero el país que más exporta el apocalipsis ha cambiado su enfoque. Para Karen Ritzenhoff, profesora en el departamento de comunicación de la Universidad Estatal de Connecticut Central y coeditora del libro El apocalipsis en las películas, el 11-S cambió todo. “Antes del 11-S, incluso si había un Godzilla que se estaba apoderando de Nueva York, o si una ola destrozaba la Estatua de la Libertad, al final sobrevivías. Había alguien parecido a un héroe. Pero desde el 11 de septiembre no hay resolución, no hay un final feliz". No son solo los actos de terror aleatorios los que alimentan nuestras pesadillas apocalípticas. Vivimos en un ciclo de catástrofes las 24 horas del día, los 7 días de la semana: plagas, inundaciones, guerras interminables, todo disponible para nuestro placer visual con solo tocar un botón. Además, en los propios informativos cada vez dedican más tiempo a noticias que transmiten una sensación de que “el mundo se está yendo a la m...”. Iain Hollands, el creador británico de la serie de televisión de 2015 Tú, yo y el Apocalipsis, lo dijo muy claramente. Cuando estaba preparando la serie descubrió que el apocalipsis era un tema omnipresente en las parrillas de las televisiones. "Cada vez que salía algo nuevo, pensaba: 'Oh, no, ya me han jodido'. Pero la audiencia no parecía cansarse de eso".

El primer apocalipsis

Esta pasión por el fin de los tiempos lo encontramos a lo largo de toda la historia de la Humanidad. La Epopeya de Gilgamesh, la obra literaria más antigua conocida y escrita en tablillas de arcilla hacia el 2000 a.C., narra un apocalipsis. Así, hubo una época en la que los dioses vivían junto a los humanos en la ciudad de Shuruppak, hasta que un día, y por razones desconocidas, decidieron acabar con la raza humana con una inmensa inundación. El resto de la historia es bien conocida por judíos y cristianos, pues lo único que cambia es el nombre del protagonista: si en este poema sumerio el protagonista se llama Utnapishtim, en la judeocristiana recibe el nombre de Noé.

¿Pero qué es lo que hace que el apocalipsis sea tan atractivo? Es obvio que por un lado tenemos la amenaza del final de la civilización y de la humanidad. El mundo está al borde del colapso: los líderes empujan a las naciones hacia el desastre, las empresas destrozan el mundo por su ansia de dinero y poder, la ciencia toma un giro inesperado, la tecnología está fuera de control. En cualquier momento estas fuerzas desestabilizadoras nos amenazan con lanzarnos al vacío. El final siempre está cerca.

Pero por otro lado tenemos que ese temido fin nunca llega. Aunque mueran miles de millones de personas, siempre habrá alguien que sobreviva. Es el subgénero de los mundos postapocalípticos estilo Los Juegos del Hambre, el Corredor del Laberinto, Cuando el destino nos alcance, Mad Max, Guerra Mundial Z, Galáctica... La vida se hace difícil, pero la humanidad continúa. En muy pocas ocasiones se termina con todo, como en las citadas La hora final y ¿Teléfono rojo?, o en la estupenda novela de Richard Matheson Soy leyenda (llevada al cine en dos ocasiones de manera irregular: una protagonizada por Charlton Heston y otra por Will Smith).

¿Qué harías si fuera el fin de los tiempos?

Es por eso que resulta tan atractivo: ¿qué hacer si el destino del mundo depende de una decisión? Si fuéramos nosotros, ¿cómo nos comportaríamos? Estamos ante historias que nos fuerzan a enfrentar un momento heroico. Las narraciones del fin del mundo nos permiten imaginar un renacer global y jugar con nuestros deseos utópicos. Así, en EE UU son muy populares los mundos postapocalípticos porque los norteamericanos están convencidos que si se quedaran solos, sin jefes o gobierno, lo harían todo mucho mejor. Esta idea es la savia de las historias románticas del Lejano Oeste, enfrentados a la Frontera sin nada más que campo por delante.. y unos cuantos nativos americanos a los que desalojar.

Una de las representantes más famosas de este punto de vista es la escritora y filósofa rusa y nacionalizada estadounidense Ayn Rand, seudónimo de Alisa Zinóvievna Rosenbaum. “Cada individuo tiene derecho a existir por sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros para sí”, insistía a mediados del siglo XX: si nos quedáramos solos para hacer lo que quisiéramos sin ningún control, Rand estaba convencida que la utopía emergería espontáneamente. Esta es la idea de fondo de muchas películas y series de televisión como Jericó, que trata de un futuro postnuclear en el medio oeste americano, donde un pequeño pueblo sobrevive y prospera -con dificultades, obviamente- dentro de un nuevo orden mundial.

Borrón y cuenta nueva

Este es el valor de las historias apocalípticas: ¿No sería maravilloso que, de repente, todas las cosas malas desaparecieran, que todas las personas malas muriesen? El mundo comienza de nuevo y cualquier atrocidad que hayamos cometido en este planeta -o entre nosotros- se borra en un instante.

Según el neurocientífico de la Universidad de Minnesota, Shmuel Lissek, hay un encanto en saber que el mundo va a terminar. "Las creencias apocalípticas hacen que las amenazas existenciales, el miedo a nuestra mortalidad, sean predecibles", dice Lissek. En colaboración con Christian Grillon ha descubierto que si una experiencia desagradable o dolorosa, como una descarga eléctrica, es predecible, nos relajamos; desaparece la ansiedad producida por la incertidumbre. Dicho de otro modo, saber cuándo llegará el final para muchos de nosotros es, paradójicamente, una razón para dejar de preocuparnos.

Para el psiquiatra y novelista infantil Steven Schlozman, es el paisaje post-apocalíptico lo que más fascina a las personas. "Hablo con los niños y lo ven como algo bueno. Dicen que 'la vida sería tan simple: dispararía a algunos zombies y no tendría que ir a la escuela'". Para Schlozman las personas solemos romantizar el final de los tiempos: en realidad hablamos de sobrevivir, prosperar y volver a la naturaleza. "Toda esta incertidumbre y todo este miedo se unen y la gente piensa que quizás la vida sea mejor después de un desastre”. Una forma de ver el fin de los tiempos muy diferente a la mítica escena final de El Planeta de los Simios, con un horrorizado Charlton Heston gritando a los pies de una estatua de la libertad semidestruida: ¡”Yo os maldigo a todos!”


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