El Ministerio de Salud (Minsal) dio a conocer los resultados de la Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud (ENCAVI) 2023-2024, la primera medición realizada después de la pandemia. El estudio, coordinado por el Departamento de Epidemiología del Minsal y aplicado por la Dirección de Estudios Sociales (DESUC) de la Pontificia Universidad Católica, entrevistó a 16.590 personas entre octubre de 2023 y febrero de 2024, con representatividad nacional, regional, por nivel socioeconómico, sexo y ámbito rural y urbano. La ministra de Salud, Ximena Aguilera, destacó que la encuesta muestra el retroceso en algunos parámetros tras la pandemia y recalcó que la salud no solo es atender enfermedades, sino mejorar el bienestar de la población. Principales resultados 68,5% de la población califica su calidad de vida como buena o muy buena (estable versus 2015-2016). Brecha por ingresos: 63,3% en el primer quintil reporta buena calidad de vida versus 89,2% en el quinto. El bienestar emocional baja de 5,7 a 5,4 puntos (escala 1–7). 51,2% de la población es inactiva físicamente; mujeres 57,6%, hombres 44,5%. La falta de compañía frecuente sube a 11,5% (7,6% en 2015-2016) y la exclusión social a 6,4% (3,9% en 2015-2016). 19% reporta depresión, ansiedad u otro trastorno de salud mental. 63,9% tiene al menos una enfermedad crónica y 40,1% dos o más. Las mujeres presentan mayor prevalencia en la mayoría de las condiciones. Tabaco y hábitos Prevalencia de consumo en el último mes: 27,9%. 63,9% de las personas fumadoras desea dejar de fumar (alza respecto de 2015-2016). Disminuye la exposición al humo de tabaco en lugares de trabajo. Estrategias intersectoriales Aguilera subrayó el trabajo con Educación, Deporte, Salud y Desarrollo Social, incorporando actividad física en los colegios, promoviendo caminatas en trayectos cortos y reforzando el rol de los municipios como socios estratégicos para mejorar la calidad de vida en los territorios. Como primera línea base post pandemia, la ENCAVI 2023-2024 permitirá monitorear la recuperación en áreas afectadas -como la conexión social- en futuras mediciones.
En primer lugar, la soledad se define como el sentimiento doloroso que surge de la brecha entre las conexiones sociales deseadas y las reales, mientras que el aislamiento social se refiere a la falta objetiva de relaciones sociales suficientes. Alejandra Fuentes-García, académica de la Escuela de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, explicó que la soledad no es solo una experiencia emocional individual, sino un fenómeno social complejo: un determinante social emergente de la salud, con impactos comparables a otros factores de riesgo conocidos como la obesidad o el tabaquismo. Proyectores Y subrayó que, si bien puede afectar a personas de todas las edades y contextos, “su impacto es especialmente fuerte en jóvenes, personas mayores, personas con discapacidad y migrantes, asociándose a un mayor riesgo de enfermedades físicas y trastornos mentales”. Por su parte, la doctora Viviana Guajardo, coordinadora de la Estrategia de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, complementó que la soledad “es una experiencia emocional, sin que necesariamente una persona se encuentre objetivamente sola”. En cuanto al aislamiento social, señaló que “ocurre cuando alguien tiene pocas relaciones o interactúa poco con otros, aunque no siempre implica sentirse solo, ya que algunas personas disfrutan de la soledad”. Y enfatizó: “La desconexión social (soledad o aislamiento social) es un factor de riesgo para la salud. En el caso de la salud física, hay evidencia de un mayor riesgo de muertes prematuras y enfermedades crónicas como las cardiovasculares, hipertensión y diabetes mellitus”. En términos de salud mental y emocional, se ha descrito un aumento de síntomas depresivos, ansiedad, pensamientos suicidas y autoagresiones. En personas mayores, también se asocia al deterioro cognitivo y al riesgo de demencia. Además, puede afectar la autoconfianza y generar una sensación de menoscabo personal. La relevancia de la conexión social Según Fuentes-García, “la conexión social es una necesidad vital. A lo largo de nuestro curso de vida –desde la infancia hasta la vejez– los vínculos significativos protegen nuestra salud física y mental, fortalecen nuestra resiliencia y nos dan un sentido de pertenencia. Aunque las necesidades de vínculo cambian con el tiempo, nunca desaparecen”. Agregó que “la conexión con otras personas –ya sea con amistades, familia, colegas, comunidades o redes afectivas diversas– tiene efectos concretos y acumulativos en nuestra salud física, mental y social. Las personas más conectadas socialmente viven más años, tienen mejor salud mental, se recuperan más rápido de crisis y se sienten parte de un colectivo mayor”. En la misma línea, la doctora Guajardo explicó que la conexión social es clave durante todo el ciclo vital. “En la infancia y adolescencia, fomenta la empatía, la autoestima y el aprendizaje emocional. En la adultez, actúa como red de contención frente al estrés, el duelo o la sobrecarga laboral. En las personas mayores puede prevenir el deterioro cognitivo y la pérdida de sentido vital”, indicó. ¿Cómo enfrentar la soledad y el aislamiento? Ambas especialistas proponen una serie de medidas para construir sociedades más inclusivas, con sentido de comunidad, y donde la vida colectiva sea valorada. Según Fuentes-García, esto requiere una hoja de ruta que trascienda lo individual: Repensar las formas de vivir, habitar y vincularnos. Diseño urbano inclusivo, con barrios caminables, transporte público accesible y “terceros lugares” como plazas, bibliotecas o cafés que promuevan encuentros informales. Modelos de vivienda que superen el aislamiento, como las residencias colectivas o intergeneracionales, que permitan redes de apoyo, especialmente para personas mayores o jóvenes que viven solos. Políticas laborales que valoren el descanso y la vida social, como una correcta implementación de la Ley de 40 horas. Educación emocional, desde etapas tempranas, que permita conocer y expresar emociones, y establecer vínculos significativos, incorporando además un uso ético y humano de la tecnología. Por su parte, la doctora Guajardo destacó algunas de las recomendaciones entregadas por la OMS: Campañas comunicacionales que promuevan la importancia de las conexiones sociales, adaptadas a las realidades locales. Estrategias comunitarias en lugares de residencia, estudio o trabajo, que incentiven la interacción social. Centros de atención de salud como espacios de fomento de redes de apoyo, además de capacitar a los profesionales para que recomienden actividades comunitarias como medidas de autocuidado. Formación en empatía, escucha activa y gestión emocional en escuelas y universidades. Talleres para personas mayores enfocados en habilidades de comunicación y fortalecimiento de vínculos. Uso de herramientas tecnológicas que favorezcan el contacto cara a cara.
Los adultos en Dinamarca reportan los niveles más bajos de soledad, en general, y los más elevados corresponden a Grecia y Chipre, según una investigación realizada en 29 países de Europa, América del Norte y Oriente Medio, que publica Aging & Mental Health. Soledad y el paso de los años: cómo fue el estudio El equipo encabezado por la Universidad de Atlanta (EE. UU.) investigó la prevalencia de la soledad vinculada a factores demográficos y sanitarios, para identificar cuáles contribuyen a la soledad a lo largo de la vida. El estudio señala que esos factores varían sustancialmente de un país a otro, lo que sugiere que la soledad no es una consecuencia inevitable de la edad, sino que puede estar determinada por el entorno dentro de los países, por ejemplo, la cohesión social. La investigadora Robin Richardson, de la Universidad de Emory (EE. UU.) y una de las firmantes del texto, dijo que la soledad varía notablemente según el país y la edad, por lo que no es una consecuencia inmutable de la edad o el entorno. Este hallazgo sugiere, agregó la experta, que la soledad puede ser muy sensible a los cambios en las circunstancias vitales. Los investigadores, entre ellos de la Universidad Mayor de Santiago de Chile, analizaron datos de 64.324 personas de entre 50 y 90 años. El equipo descubrió que, aunque en general la soledad aumentaba con la edad, la magnitud del incremento era mayor en unos países que en otros. Los adultos de Bulgaria y Letonia registraron el mayor aumento de la soledad con la edad, seguidos de los de Rumanía Hungría, España e Italia. Sin embargo, en EE. UU. y los Países Bajos la soledad se concentraba entre los adultos más jóvenes. Causas de la soledad No estar casado, no trabajar, la depresión y la mala salud son las principales razones por las que la soledad varía con la edad, pero la importancia de estos factores y la combinación de los mismos son diferentes en cada país. En EE. UU., no trabajar era la razón principal de un mayor nivel de soledad entre los adultos de mediana edad, mientras que en otros países se traducía en una mayor soledad entre los adultos mayores. Aproximadamente una quinta parte de los factores que contribuyen a la soledad seguía sin explicación en todos los países y este 20 % sin explicación se concentraba en los adultos de mediana edad. Los autores sugieren que esto podría deberse a las singulares circunstancias sociales a las que se enfrentan los adultos de mediana edad. Muchos adultos de mediana edad que a menudo hacen malabares con el trabajo, el cuidado de otras personas y el aislamiento, son sorprendentemente vulnerables y necesitan intervenciones específicas tanto como los adultos mayores, señaló Esteban Calvo, de la Universidad Mayor de Chile. Tradicionalmente, las intervenciones para abordar la epidemia de soledad se han centrado en los adultos mayores, recordó Richardson, mientras que los adultos de mediana edad representan una población crítica que se está pasando por alto. La soledad es un importante problema de salud pública, responsable de una amplia gama de consecuencias fisiológicas, cognitivas, mentales y conductuales que disminuyen la calidad de vida y aumentan el riesgo de enfermedad. Los autores añaden que, dado que la soledad varía según el lugar y las circunstancias vitales, las políticas sanitarias y los programas sociales para reducirla deberían confirmar primero qué grupos de edad presentan mayor riesgo de soledad en un entorno concreto.
El Ministerio de Salud (Minsal) dio a conocer los resultados de la Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud (ENCAVI) 2023-2024, la primera medición realizada después de la pandemia. El estudio, coordinado por el Departamento de Epidemiología del Minsal y aplicado por la Dirección de Estudios Sociales (DESUC) de la Pontificia Universidad Católica, entrevistó a 16.590 personas entre octubre de 2023 y febrero de 2024, con representatividad nacional, regional, por nivel socioeconómico, sexo y ámbito rural y urbano. La ministra de Salud, Ximena Aguilera, destacó que la encuesta muestra el retroceso en algunos parámetros tras la pandemia y recalcó que la salud no solo es atender enfermedades, sino mejorar el bienestar de la población. Principales resultados 68,5% de la población califica su calidad de vida como buena o muy buena (estable versus 2015-2016). Brecha por ingresos: 63,3% en el primer quintil reporta buena calidad de vida versus 89,2% en el quinto. El bienestar emocional baja de 5,7 a 5,4 puntos (escala 1–7). 51,2% de la población es inactiva físicamente; mujeres 57,6%, hombres 44,5%. La falta de compañía frecuente sube a 11,5% (7,6% en 2015-2016) y la exclusión social a 6,4% (3,9% en 2015-2016). 19% reporta depresión, ansiedad u otro trastorno de salud mental. 63,9% tiene al menos una enfermedad crónica y 40,1% dos o más. Las mujeres presentan mayor prevalencia en la mayoría de las condiciones. Tabaco y hábitos Prevalencia de consumo en el último mes: 27,9%. 63,9% de las personas fumadoras desea dejar de fumar (alza respecto de 2015-2016). Disminuye la exposición al humo de tabaco en lugares de trabajo. Estrategias intersectoriales Aguilera subrayó el trabajo con Educación, Deporte, Salud y Desarrollo Social, incorporando actividad física en los colegios, promoviendo caminatas en trayectos cortos y reforzando el rol de los municipios como socios estratégicos para mejorar la calidad de vida en los territorios. Como primera línea base post pandemia, la ENCAVI 2023-2024 permitirá monitorear la recuperación en áreas afectadas -como la conexión social- en futuras mediciones.
En primer lugar, la soledad se define como el sentimiento doloroso que surge de la brecha entre las conexiones sociales deseadas y las reales, mientras que el aislamiento social se refiere a la falta objetiva de relaciones sociales suficientes. Alejandra Fuentes-García, académica de la Escuela de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, explicó que la soledad no es solo una experiencia emocional individual, sino un fenómeno social complejo: un determinante social emergente de la salud, con impactos comparables a otros factores de riesgo conocidos como la obesidad o el tabaquismo. Proyectores Y subrayó que, si bien puede afectar a personas de todas las edades y contextos, “su impacto es especialmente fuerte en jóvenes, personas mayores, personas con discapacidad y migrantes, asociándose a un mayor riesgo de enfermedades físicas y trastornos mentales”. Por su parte, la doctora Viviana Guajardo, coordinadora de la Estrategia de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, complementó que la soledad “es una experiencia emocional, sin que necesariamente una persona se encuentre objetivamente sola”. En cuanto al aislamiento social, señaló que “ocurre cuando alguien tiene pocas relaciones o interactúa poco con otros, aunque no siempre implica sentirse solo, ya que algunas personas disfrutan de la soledad”. Y enfatizó: “La desconexión social (soledad o aislamiento social) es un factor de riesgo para la salud. En el caso de la salud física, hay evidencia de un mayor riesgo de muertes prematuras y enfermedades crónicas como las cardiovasculares, hipertensión y diabetes mellitus”. En términos de salud mental y emocional, se ha descrito un aumento de síntomas depresivos, ansiedad, pensamientos suicidas y autoagresiones. En personas mayores, también se asocia al deterioro cognitivo y al riesgo de demencia. Además, puede afectar la autoconfianza y generar una sensación de menoscabo personal. La relevancia de la conexión social Según Fuentes-García, “la conexión social es una necesidad vital. A lo largo de nuestro curso de vida –desde la infancia hasta la vejez– los vínculos significativos protegen nuestra salud física y mental, fortalecen nuestra resiliencia y nos dan un sentido de pertenencia. Aunque las necesidades de vínculo cambian con el tiempo, nunca desaparecen”. Agregó que “la conexión con otras personas –ya sea con amistades, familia, colegas, comunidades o redes afectivas diversas– tiene efectos concretos y acumulativos en nuestra salud física, mental y social. Las personas más conectadas socialmente viven más años, tienen mejor salud mental, se recuperan más rápido de crisis y se sienten parte de un colectivo mayor”. En la misma línea, la doctora Guajardo explicó que la conexión social es clave durante todo el ciclo vital. “En la infancia y adolescencia, fomenta la empatía, la autoestima y el aprendizaje emocional. En la adultez, actúa como red de contención frente al estrés, el duelo o la sobrecarga laboral. En las personas mayores puede prevenir el deterioro cognitivo y la pérdida de sentido vital”, indicó. ¿Cómo enfrentar la soledad y el aislamiento? Ambas especialistas proponen una serie de medidas para construir sociedades más inclusivas, con sentido de comunidad, y donde la vida colectiva sea valorada. Según Fuentes-García, esto requiere una hoja de ruta que trascienda lo individual: Repensar las formas de vivir, habitar y vincularnos. Diseño urbano inclusivo, con barrios caminables, transporte público accesible y “terceros lugares” como plazas, bibliotecas o cafés que promuevan encuentros informales. Modelos de vivienda que superen el aislamiento, como las residencias colectivas o intergeneracionales, que permitan redes de apoyo, especialmente para personas mayores o jóvenes que viven solos. Políticas laborales que valoren el descanso y la vida social, como una correcta implementación de la Ley de 40 horas. Educación emocional, desde etapas tempranas, que permita conocer y expresar emociones, y establecer vínculos significativos, incorporando además un uso ético y humano de la tecnología. Por su parte, la doctora Guajardo destacó algunas de las recomendaciones entregadas por la OMS: Campañas comunicacionales que promuevan la importancia de las conexiones sociales, adaptadas a las realidades locales. Estrategias comunitarias en lugares de residencia, estudio o trabajo, que incentiven la interacción social. Centros de atención de salud como espacios de fomento de redes de apoyo, además de capacitar a los profesionales para que recomienden actividades comunitarias como medidas de autocuidado. Formación en empatía, escucha activa y gestión emocional en escuelas y universidades. Talleres para personas mayores enfocados en habilidades de comunicación y fortalecimiento de vínculos. Uso de herramientas tecnológicas que favorezcan el contacto cara a cara.
Los adultos en Dinamarca reportan los niveles más bajos de soledad, en general, y los más elevados corresponden a Grecia y Chipre, según una investigación realizada en 29 países de Europa, América del Norte y Oriente Medio, que publica Aging & Mental Health. Soledad y el paso de los años: cómo fue el estudio El equipo encabezado por la Universidad de Atlanta (EE. UU.) investigó la prevalencia de la soledad vinculada a factores demográficos y sanitarios, para identificar cuáles contribuyen a la soledad a lo largo de la vida. El estudio señala que esos factores varían sustancialmente de un país a otro, lo que sugiere que la soledad no es una consecuencia inevitable de la edad, sino que puede estar determinada por el entorno dentro de los países, por ejemplo, la cohesión social. La investigadora Robin Richardson, de la Universidad de Emory (EE. UU.) y una de las firmantes del texto, dijo que la soledad varía notablemente según el país y la edad, por lo que no es una consecuencia inmutable de la edad o el entorno. Este hallazgo sugiere, agregó la experta, que la soledad puede ser muy sensible a los cambios en las circunstancias vitales. Los investigadores, entre ellos de la Universidad Mayor de Santiago de Chile, analizaron datos de 64.324 personas de entre 50 y 90 años. El equipo descubrió que, aunque en general la soledad aumentaba con la edad, la magnitud del incremento era mayor en unos países que en otros. Los adultos de Bulgaria y Letonia registraron el mayor aumento de la soledad con la edad, seguidos de los de Rumanía Hungría, España e Italia. Sin embargo, en EE. UU. y los Países Bajos la soledad se concentraba entre los adultos más jóvenes. Causas de la soledad No estar casado, no trabajar, la depresión y la mala salud son las principales razones por las que la soledad varía con la edad, pero la importancia de estos factores y la combinación de los mismos son diferentes en cada país. En EE. UU., no trabajar era la razón principal de un mayor nivel de soledad entre los adultos de mediana edad, mientras que en otros países se traducía en una mayor soledad entre los adultos mayores. Aproximadamente una quinta parte de los factores que contribuyen a la soledad seguía sin explicación en todos los países y este 20 % sin explicación se concentraba en los adultos de mediana edad. Los autores sugieren que esto podría deberse a las singulares circunstancias sociales a las que se enfrentan los adultos de mediana edad. Muchos adultos de mediana edad que a menudo hacen malabares con el trabajo, el cuidado de otras personas y el aislamiento, son sorprendentemente vulnerables y necesitan intervenciones específicas tanto como los adultos mayores, señaló Esteban Calvo, de la Universidad Mayor de Chile. Tradicionalmente, las intervenciones para abordar la epidemia de soledad se han centrado en los adultos mayores, recordó Richardson, mientras que los adultos de mediana edad representan una población crítica que se está pasando por alto. La soledad es un importante problema de salud pública, responsable de una amplia gama de consecuencias fisiológicas, cognitivas, mentales y conductuales que disminuyen la calidad de vida y aumentan el riesgo de enfermedad. Los autores añaden que, dado que la soledad varía según el lugar y las circunstancias vitales, las políticas sanitarias y los programas sociales para reducirla deberían confirmar primero qué grupos de edad presentan mayor riesgo de soledad en un entorno concreto.