En el marco del Día Internacional de la Lucha contra el Maltrato Infantil, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Unicef, alertó sobre la alta prevalencia de violencia que afecta a niños, niñas y adolescentes en la crianza. Según la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia (ELPI, 2017), 6 de cada 10 niños, niñas y adolescentes es víctima de malos tratos físicos o sicológicos en sus hogares; y el 56,9% ha sido objeto de agresiones sicológicas por parte de sus cuidadores principales. Cifras que son coincidentes con otros estudios realizados en la última década. A los datos anteriores se suman los de la Encuesta de Conocimientos, Actitudes y Prácticas (CAP) de 2021 de Unicef, que evidencian que un 47% de las y los cuidadores consideran, al menos, una práctica violenta como efectiva en la crianza y un 33% no considera la violencia sicológica como una forma de violencia. Asimismo, este estudio muestra que haber recibido castigo físico durante la niñez se relaciona con una mayor probabilidad de reproducir prácticas violentas en la vida adulta, más aún si esta situación es validada por la persona adulta: un 41% de las y los cuidadores que recibieron violencia durante su niñez, y la consideran legítima, utilizan prácticas violentas en la crianza. La Representante de Unicef, Violet Speek-Warnery, señaló que la violencia en la crianza trasciende el ámbito familiar y se proyecta hacia otros espacios donde niños, niñas y adolescentes se desarrollan. “Las conductas se aprenden en contextos cotidianos. Cuando niños y niñas crecen en entornos donde la violencia es una forma legítima de resolver conflictos, existe un mayor riesgo de que estos patrones se reproduzcan en otros ámbitos de su vida. Esta violencia se expresa también en la negligencia, la invisibilización o la ausencia de respuestas parentales suficientes, que constituyen formas de vulneración igualmente relevantes. Interrumpir esta transmisión intergeneracional es posible, pero las familias requieren apoyo para hacerlo posible”. Los datos disponibles dan cuenta de la magnitud y transversalidad del fenómeno. Según la Encuesta de Polivictimización 2023 de la Subsecretaría de Prevención del Delito, un 36% de niños, niñas y adolescentes ha sido víctima de maltrato por parte de sus pares; en tanto, de acuerdo al Simce 2023, el 78% de los alumnos no se siente seguro en su establecimiento escolar, y el Simce 2024 señala que el 64% de los alumnos de 6° básico dicen haber sido víctimas de burlas por parte de sus compañeros. La Encuesta Casen 2024 muestra que un 31,4% de los hogares con niños, niñas o adolescentes reporta sentirse inseguro en su entorno, un 38,9% observa consumo de drogas, un 20,6% tráfico, un 19,0% peleas y un 18,4% balaceras. “El buen trato se traduce en relaciones basadas en el respeto, la protección y la promoción del desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes. En ese marco, el ejercicio de la disciplina forma parte del rol parental e implica orientar, modelar y enseñar, sin recurrir a prácticas violentas. La crianza respetuosa requiere condiciones materiales y relacionales adecuadas, incluyendo acceso a información sobre el impacto de la violencia física y psicológica en la vida de niños, niñas y adolescentes, redes de apoyo, tiempo para el cuidado y servicios que fortalezcan las capacidades parentales y que llegan a todos los municipios. La prevención de la violencia no puede recaer exclusivamente en las familias”, señaló la representante de Unicef. La violencia afecta el derecho que tienen niños y niñas a vivir una vida libre de violencia; tiene efectos en su salud física y mental; su autoestima y estado anímico; sus procesos educativos; así como su desarrollo personal. Asimismo deteriora sus relaciones con padres/madres e interpersonales presentes o futuras. La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el rol fundamental que tienen las personas adultas en protegerlos. Fuente: Publimetro
Según datos de la OCDE, el 95% de los jóvenes de 15 años navega en internet principalmente con fines recreativos, mientras que el 96% utiliza redes sociales de manera regular. El aprendizaje quedó relegado a un segundo plano frente al scroll infinito, los videos breves y los contenidos virales. A nivel global, la magnitud del fenómeno es todavía mayor. UNICEF estima que dos tercios de los niños, niñas y adolescentes en edad escolar, entre 3 y 17 años, ya están conectados a internet. Esto abre oportunidades de acceso a información y participación, pero también expone a millones de menores a entornos digitales que no fueron diseñados para su desarrollo. El principal problema no es que niños y jóvenes estén conectados, sino qué consume ese tiempo en línea. Plataformas abiertas como redes sociales y servicios de video funcionan con algoritmos que priorizan la interacción y el tiempo de permanencia, no la calidad ni la pertinencia del contenido. Desde Libbre, plataforma audiovisual educativa del Faro UDD, advierten que los controles parentales son insuficientes. Aunque existen, suelen ser fáciles de eludir y no corrigen el fondo del problema: recomendaciones automáticas opacas que empujan lo más popular, no lo más adecuado para cada edad. “Hoy muchos niños y jóvenes consumen contenidos en plataformas que no fueron pensadas para su desarrollo. Los algoritmos priorizan lo que genera más interacción”, explica María José Domínguez, vocera de la iniciativa. La exposición constante a contenidos recreativos trae consigo riesgos bien documentados. Entre ellos, lenguaje inapropiado, sexualización temprana, discursos extremos, contacto con desconocidos y grooming, especialmente en espacios como chats abiertos o transmisiones en vivo sin supervisión adulta. A esto se suma otro factor clave: el predominio de formatos breves y altamente estimulantes, que favorecen un consumo rápido y pasivo. Especialistas advierten que este tipo de interacción puede afectar la atención, la reflexión y el desarrollo del pensamiento crítico, sobre todo en edades tempranas. Otro punto de alerta es la mezcla cada vez más difusa entre entretención, publicidad e ideología. Muchos creadores de contenido influyen directamente en niños y adolescentes sin responsabilidad educativa ni límites claros, marcando tendencias, aspiraciones y conductas. En este escenario, el internet no solo entretiene: forma criterio, muchas veces sin acompañamiento adulto ni mediación pedagógica. El debate no pasa por prohibir la tecnología, sino por repensar su uso y su diseño. Desde plataformas educativas como Libbre destacan que los entornos cerrados, con curaduría editorial y sin comunidades abiertas, reducen riesgos y entregan mayor tranquilidad a las familias. Fuente: Publimetro
En el marco del Día Internacional de la Lucha contra el Maltrato Infantil, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Unicef, alertó sobre la alta prevalencia de violencia que afecta a niños, niñas y adolescentes en la crianza. Según la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia (ELPI, 2017), 6 de cada 10 niños, niñas y adolescentes es víctima de malos tratos físicos o sicológicos en sus hogares; y el 56,9% ha sido objeto de agresiones sicológicas por parte de sus cuidadores principales. Cifras que son coincidentes con otros estudios realizados en la última década. A los datos anteriores se suman los de la Encuesta de Conocimientos, Actitudes y Prácticas (CAP) de 2021 de Unicef, que evidencian que un 47% de las y los cuidadores consideran, al menos, una práctica violenta como efectiva en la crianza y un 33% no considera la violencia sicológica como una forma de violencia. Asimismo, este estudio muestra que haber recibido castigo físico durante la niñez se relaciona con una mayor probabilidad de reproducir prácticas violentas en la vida adulta, más aún si esta situación es validada por la persona adulta: un 41% de las y los cuidadores que recibieron violencia durante su niñez, y la consideran legítima, utilizan prácticas violentas en la crianza. La Representante de Unicef, Violet Speek-Warnery, señaló que la violencia en la crianza trasciende el ámbito familiar y se proyecta hacia otros espacios donde niños, niñas y adolescentes se desarrollan. “Las conductas se aprenden en contextos cotidianos. Cuando niños y niñas crecen en entornos donde la violencia es una forma legítima de resolver conflictos, existe un mayor riesgo de que estos patrones se reproduzcan en otros ámbitos de su vida. Esta violencia se expresa también en la negligencia, la invisibilización o la ausencia de respuestas parentales suficientes, que constituyen formas de vulneración igualmente relevantes. Interrumpir esta transmisión intergeneracional es posible, pero las familias requieren apoyo para hacerlo posible”. Los datos disponibles dan cuenta de la magnitud y transversalidad del fenómeno. Según la Encuesta de Polivictimización 2023 de la Subsecretaría de Prevención del Delito, un 36% de niños, niñas y adolescentes ha sido víctima de maltrato por parte de sus pares; en tanto, de acuerdo al Simce 2023, el 78% de los alumnos no se siente seguro en su establecimiento escolar, y el Simce 2024 señala que el 64% de los alumnos de 6° básico dicen haber sido víctimas de burlas por parte de sus compañeros. La Encuesta Casen 2024 muestra que un 31,4% de los hogares con niños, niñas o adolescentes reporta sentirse inseguro en su entorno, un 38,9% observa consumo de drogas, un 20,6% tráfico, un 19,0% peleas y un 18,4% balaceras. “El buen trato se traduce en relaciones basadas en el respeto, la protección y la promoción del desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes. En ese marco, el ejercicio de la disciplina forma parte del rol parental e implica orientar, modelar y enseñar, sin recurrir a prácticas violentas. La crianza respetuosa requiere condiciones materiales y relacionales adecuadas, incluyendo acceso a información sobre el impacto de la violencia física y psicológica en la vida de niños, niñas y adolescentes, redes de apoyo, tiempo para el cuidado y servicios que fortalezcan las capacidades parentales y que llegan a todos los municipios. La prevención de la violencia no puede recaer exclusivamente en las familias”, señaló la representante de Unicef. La violencia afecta el derecho que tienen niños y niñas a vivir una vida libre de violencia; tiene efectos en su salud física y mental; su autoestima y estado anímico; sus procesos educativos; así como su desarrollo personal. Asimismo deteriora sus relaciones con padres/madres e interpersonales presentes o futuras. La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el rol fundamental que tienen las personas adultas en protegerlos. Fuente: Publimetro
Según datos de la OCDE, el 95% de los jóvenes de 15 años navega en internet principalmente con fines recreativos, mientras que el 96% utiliza redes sociales de manera regular. El aprendizaje quedó relegado a un segundo plano frente al scroll infinito, los videos breves y los contenidos virales. A nivel global, la magnitud del fenómeno es todavía mayor. UNICEF estima que dos tercios de los niños, niñas y adolescentes en edad escolar, entre 3 y 17 años, ya están conectados a internet. Esto abre oportunidades de acceso a información y participación, pero también expone a millones de menores a entornos digitales que no fueron diseñados para su desarrollo. El principal problema no es que niños y jóvenes estén conectados, sino qué consume ese tiempo en línea. Plataformas abiertas como redes sociales y servicios de video funcionan con algoritmos que priorizan la interacción y el tiempo de permanencia, no la calidad ni la pertinencia del contenido. Desde Libbre, plataforma audiovisual educativa del Faro UDD, advierten que los controles parentales son insuficientes. Aunque existen, suelen ser fáciles de eludir y no corrigen el fondo del problema: recomendaciones automáticas opacas que empujan lo más popular, no lo más adecuado para cada edad. “Hoy muchos niños y jóvenes consumen contenidos en plataformas que no fueron pensadas para su desarrollo. Los algoritmos priorizan lo que genera más interacción”, explica María José Domínguez, vocera de la iniciativa. La exposición constante a contenidos recreativos trae consigo riesgos bien documentados. Entre ellos, lenguaje inapropiado, sexualización temprana, discursos extremos, contacto con desconocidos y grooming, especialmente en espacios como chats abiertos o transmisiones en vivo sin supervisión adulta. A esto se suma otro factor clave: el predominio de formatos breves y altamente estimulantes, que favorecen un consumo rápido y pasivo. Especialistas advierten que este tipo de interacción puede afectar la atención, la reflexión y el desarrollo del pensamiento crítico, sobre todo en edades tempranas. Otro punto de alerta es la mezcla cada vez más difusa entre entretención, publicidad e ideología. Muchos creadores de contenido influyen directamente en niños y adolescentes sin responsabilidad educativa ni límites claros, marcando tendencias, aspiraciones y conductas. En este escenario, el internet no solo entretiene: forma criterio, muchas veces sin acompañamiento adulto ni mediación pedagógica. El debate no pasa por prohibir la tecnología, sino por repensar su uso y su diseño. Desde plataformas educativas como Libbre destacan que los entornos cerrados, con curaduría editorial y sin comunidades abiertas, reducen riesgos y entregan mayor tranquilidad a las familias. Fuente: Publimetro