














Invierno 1984: lluvias incesantes durante una semana
Durante el invierno de 1984, las intensas lluvias provocaron una tragedia con 5 muertos, 9 desaparecidos y 19 heridos hasta el 5 de julio.
14 de julio de 2026
En el período comprendido entre el 1 y el 11 de julio de 1984, la Región de Coquimbo fue testigo de uno de los eventos climáticos más devastadores que se recuerden en la zona. La llegada de dos sistemas frontales, acompañados de fuertes vientos, desencadenó una serie de tragedias que marcaron a la comunidad.
Desde el primer día, se reportaron consecuencias fatales. En la comuna de Combarbalá, un minero perdió la vida debido al derrumbe en la mina Lana y Corina, en Soruco. A medida que avanzaban los días, el saldo trágico aumentaba: para el 5 de julio se contabilizaban 5 muertos, 9 desaparecidos y 19 heridos.
Los registros meteorológicos eran alarmantes. En Andacollo, se alcanzó un récord de 175 milímetros de agua caída en un solo día. En Pedregal, Monte Patria, se acumularon 621 mm. En El Indio, la nieve alcanzó los 6 metros, lo que dificultó las labores de rescate en la cordillera.
Como es habitual en estos eventos extremos, las quebradas del valle de Elqui experimentaron crecidas significativas. El aumento del caudal en El Arrayán dejó 16 hectáreas de cultivos agrícolas devastadas por las aguas desbordadas.
La suspensión del suministro de agua era una realidad ineludible. Se recomendaba a la población tomar medidas como agregar Clorinda al agua o hervirla antes de consumirla. La escasez obligaba a racionar el líquido vital y a cuidar cada gota disponible.
Uno de los sucesos más impactantes fue el colapso de las torres de iluminación del estadio La Portada en La Serena, derribadas por los intensos vientos. Estas estructuras, con más de 15 años de antigüedad, sucumbieron ante las inclemencias del clima.
El segundo sistema frontal ingresó el lunes 9 de julio, agravando aún más la situación. Para el martes 10, los damnificados ascendían a 13 mil personas y para el miércoles 11 ya eran 20 mil. Los estragos eran comparables con los ocurridos en 1957, pero esta vez se estimaba que los efectos serían mucho más devastadores.
La magnitud del desastre era evidente: para el sábado 14 de julio, más de 33.647 personas se veían afectadas en toda la región. Las carreteras estaban cortadas y la entrega de ayuda se dificultaba enormemente. Los daños materiales superaban los $1.500 millones en obras públicas y solo reponer los caminos costaría $400 millones.
En Ovalle, las condiciones eran igualmente críticas: con una precipitación de 209 mm y vientos superiores a los 100 km/h. El embalse La Paloma debió abrir sus compuertas ante su rápido llenado, lo que provocó inundaciones en la zona y dejó a Ovalle aislada del resto del país.
Fuente: DiarioElDia Región





























